Érase una vez, en un sistema judicial…

“… una muchacha pequeñita y esquelética, horadada de colguijos, tatuada con dragones, de pelos puercoespín”, llamada Lisbeth Salander que trabajaba como hacker para una empresa de seguridad, y cuya economía administraba un “cerdo sádico y violador” que se aprovechaba sexualmente de ella cada vez que Lisbeth necesitaba dinero.
Jueces independientes con autoridad para juzgar y sentenciar debieran encargarse de dar a cada una de las partes, tutor y tutelada, “lo que le corresponde o pertenece”. No obstante, cuando la espada de Iustita pende siempre sobre nuestra cabeza y los platillos de su balanza se decantan una, dos, tres y más veces en contra nuestra, puede que sintamos necesidad de arrancar de cuajo la venda que cubre su mirada con tal de que así pueda cometer debidamente su labor. Es entonces cuando comenzamos a plantearnos el cambiar de cuento, y empezar nuestra fantasía en el país de la ley del talión, donde justicia equivale a castigo y la pena para quien arrancó un diente es que le devuelva al desdentado uno de su propia dentadura.

Es este un país de cojos y tuertos, mancos y desdentados, donde seguramente las hipotecas sean más bajas y las manchas de aceite cuesten menos de quitar. Sin embargo, no habiendo cruzado todavía la frontera, debemos seguir rindiendo vasallaje al reino de Iustita y prestar nuestros servicios a favor de un defectuoso bien común en el que no siempre somos parte de la mayoría.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

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