Seguridad al precio de la libertad

“Ningún sistema de seguridad es más fuerte que su usuario más débil”

Lisbeth Salander

Esto lo dice una chica de veinticuatro años después de violar la protección de los ficheros de la policía, colándose en el ordenador personal de un fiscal que guarda allí todos los informes sobre ella.

Salander es capaz de meterse en el disco duro de cualquiera e inmiscuirse en su intimidad sin que su conciencia se vea lo más mínimo afectada, traspasando cualquier barrera moral, si cree que ello es necesario para alcanzar sus objetivos.

Bajo la misma máxima, el Estado actúa igual que la hacker sueca.

En los aeropuertos de Estados Unidos, y ya en alguno europeo, se han instalado escáneres de rayos X que permiten a los encargados de los controles de seguridad ver claramente el cuerpo desnudo de los viajeros. Pueden acceder así a información de vital importancia para la seguridad del vuelo: saber si un pasajero lleva una pistola escondida en su ropa interior sin necesidad de cachearle, ver si alguien se ha insertado una bomba en su estómago para hacerla explotar en el avión, o conocer si alguno de los sujetos escaneados se ha hecho un implante de pene o averiguar su talla de sujetador. Por no hablar de la ley de retención de datos que obliga a las compañías de telecomunicaciones a conservar detalles sobre llamadas telefónicas, faxes y correos electrónicos privados de sus clientes, con el fin de que la información, en caso necesario, pueda ayudar a evitar otros posibles onces eses y emes. Y, ya de paso, una vez en posesión de la dirección IP de nuestro ordenador, husmear los sitios web que acostumbramos a visitar y poder elaborar un perfil completo sobre nuestra identidad: gustos, manías, nivel de estudios, cuenta bancaria, círculo de amistades, preferencias políticas, tendencias sexuales…

Existe una gran tensión entre el deseo de seguir manteniendo en privado los artículos que leemos cada mañana en el periódico on line, las películas que nos bajamos de Internet, los foros que visitamos, los correos que recibimos y enviamos… y el deseo de sensación de seguridad al saber que aquél desconocido de piel morena sentado junto a ti en el avión no volará por los aires antes de lo debido.

Yo debo formar parte de ese 10% que, cohibida al sentirse observada por una cámara de videovigilancia, y lejos de querer vivir en un mundo como el de 1984, prefiere disfrutar de un poco más de libertad, aun siendo a costa de la salvaguarda de mi seguridad.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

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